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Luis Cortés || Coordinador estatal de Unión de Uniones
En estos últimos días he visto cómo algunos agricultores levantaban la alfombra de la organización agraria provincial de la que son socios y como, entre tensiones internas, exigían transparencia y sacaban a la luz feas pelusas en forma de acusaciones sobre posibles irregularidades. Y sinceramente, he aplaudido en mi fuero interno que un grupo de afiliados haya decidido recordarles a sus dirigentes que lo que les han entregado no es un cargo, sino un encargo; no es un sillón, sino una misión.
Creo que esta medicina es algo que todos quienes tenemos el honor y la responsabilidad de llevar el rumbo de una organización agraria deberíamos aplicarnos para vacunarnos contra cualquier síntoma de desconexión con la tarea diaria en el campo de agricultores y ganaderos.
No está mal que los socios nos recuerden, si es que alguna vez se nos olvida, que no son nuestros clientes, sino nuestros jefes. Y que una organización no es una empresa al uso, sino una entidad que cumple —o deberían cumplir— una función pública: representar, defender y dar voz a agricultores y ganaderos. El problema está en cómo cumplir con seriedad esa función.
Seamos realistas: los puñetazos en la mesa y los desahogos en el bar de la plaza, nos salen gratis, pero con eso ni se negocian políticas, ni se contribuye a construir soluciones para el sector. Los tractores en las rotondas (o en Madrid) ayudan, porque sirven como prueba del respaldo a nuestras exigencias (y de la temperatura de cabreo existente, que es lo que pone a los políticos a pensar). Pero la defensa de unos intereses tan dignos -y tan complejos, por los múltiples ámbitos que abarcan- como los de agricultores y ganaderos y su protagonismo estratégico exigen por parte de muchas personas horas y horas de dedicación, trabajo constante, conocimiento a pie de campo, formación técnica, capacidad de propuesta, un aparato administrativo y de comunicación y medios materiales e instalaciones. Elementos todos que, en definitiva, cimentan la estructura de una organización y que siendo más valiosos que lo meros desahogos, también cuestan más.
Sostener -tanto económica como sindicalmente- la estructura de una organización agraria (la que fuere), es papel voluntario que corresponde a quienes compartan sus valores e ideales y confíen en su labor y en las personas en las que han delegado su dirección. En un país de arcoíris y unicornios, la financiación pública no debiera ser necesaria, como no habría de serlo tampoco en la agricultura; pero existe. Está ahí, a disposición de la agricultura por su papel estratégico y también para las organizaciones agrarias por su función social en representación, no solo de sus socios, sino de intereses colectivos.
Donde radica la legitimidad de la financiación pública no es en su propia presencia; sino en la gestión que cada organización agraria hace de esa financiación pública y en los fines a los que sus directivos deciden dedicarla. Las dudas sobre su uso correcto o el cuestionamiento de si esos recursos terminan engordando artificialmente estructuras inútiles, pagando sueldos desproporcionados y alejando a la organización de la realidad de sus socios, es lo que puede alimentar (y de hecho lo está haciendo) un cierto descrédito de las organizaciones agrarias.
“En ocasiones veo comegambas”, que diría alguno… o muchos. Por desgracia para todos, los comegambas haberlos, haylos; pero, por suerte para quien no quiera quedarse en el trazo grueso de que todas las OPAs son iguales, también dan la cara enseguida a poco que se espulgue.
Yo les doy una receta que, a mí, a bulto, me sirve: si algún dirigente le hace ascos a que se celebren elecciones en el campo, sospechen. Si desde una organización agraria se rehúsa a un proceso periódico y abierto de renovación de la representatividad, recelen. Si les oyen anteponer las dificultades logísticas y el coste de poner las urnas frente al derecho de los agricultores y ganaderos a elegir quién se sienta en su nombre en las mesas, desconfíen. Maliciense que están defendiendo una situación de privilegio a la que no están dispuestos a renunciar.
Si se dan de bruces con esta situación, poco puedo decir a quienes, sin estar en ninguna organización, nos meten a todos en el mismo saco sin aportar nada más valioso para los intereses del sector (y de su medio de vida) que una descalificación general: en el pecado llevarán la penitencia. Pero para los afiliados que siguen pensando que la dignidad de su profesión merece ser protegida y defendida, tengo una petición: si huelen a comegambas en su organización, cabréense, acudan a las asambleas, encuentren aliados para hacer corriente de opinión, utilicen los procedimientos internos de garantías…, ejerzan de jefes y hagan de su organización la que creen que se merecen. Y si no lo consiguen, funden una o busquen otra… porque el campo no está para dejar que hablen por él aquellos de quienes no podemos fiarnos.
Y si quieren, prueben con Unión de Uniones, conozcan esta organización, pregunten a nuestros afiliados… estamos dispuestos a que nos exijan, nos fiscalicen y a que nos juzguen por lo que hacemos y cómo lo hacemos. Porque una organización que no acepte sin reservas pasar esta prueba del nueve, no merece representarles… así de simple.
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